Luego de huir de la catedral, León – quien al ser el antiguo regente conocía algo más de la ciudad de Atrios – les mostró una vía para llegar al canal central que cruzaba la ciudad.
En cuanto hubieron caído al río, el grupo se percató de lo peligroso de la idea: la profundidad de las aguas, mezclado con el extraño vínculo que los debilitaba, hacia imposible para algunos mantenerse a flote.
Intentando sobrevivir a las tempestuosas aguas, Lázaro optó por teleportarse fuera, mientras que León hacía caso omiso a la debilidad y una, vez fuera de los límites de la ciudad, salía arrastrando a Fauro rápidamente del canal.
Los orcos por su parte intentaban mantenerse a flote, pero al percatarse de que algunos de ellos se hundían, Grumush y Gorlok dejaron de intentar salir del río para tratar de salvar a sus camaradas.
Kopros, quien comenzaba a ahogarse, fue alentado por Gorlok para que siguiera intentándolo, a lo que el humano reaccionó positivamente, ganando éste un poco de tiempo, a su vez que Gorlok logró salir a flote y escapar del río con el joven orco que era parte de los cazadores. Grumush y el orco restante fueron atrapados por una planta carnívora acuática, la que para suerte de ellos era alérgica al metal, por lo que se soltó rápidamente ante el hacha del señor de la guerra.
León y Fauro, ya en la orilla, corrieron río abajo para intentar interceptar a los restantes miembros del grupo: todo esto que para cualquiera de los aventureros habría sido pan comido normalmente, en el estado de debilidad que los tenían las muertes de los restantes orcos vinculados a ellos lo hacía extremadamente cansador y doloroso. Lázaro, que iba cientos de metros mas atrás, pudo en su calma oír el ladrido de perros (o quizás lobos) acercándose.
Cuando encontraron un meandro más bajo, derribaron un árbol sobre el río y de esa forma, los integrantes que iban arrastrados por el cauce (flotando sobre ramas, pero inconcientes por el frío y el agotamiento) pudieron ser rescatados.
Extenuados, todos cayeron en un sueño intranquilo en una isla central del río….

Pocas horas más tarde, cuando ya había caído la noche, los cansados aventureros sintieron el ruido de forajidos acercándose: las antorchas ahuyentaban las sombras y el ladrido de los perros los despertaba.
Intentando camuflarse, el grupo se enterró en el lodazal de la isla, pero el olfato agudo de los canes dirigió a los cazadores de hombres a donde se encontraba el grupo. Grumush, quien no había logrado esconderse muy bien, intento alejar a los humanos de donde se encontraban, lo que no dio resultado.
Uno a uno fueron siendo descubiertos, y mientras intentaban luchar, iban cayendo capturados ante los forajidos. León, quien más pudo resistir, también termino por caer.
Antes de un minuto, el grupo había sido capturado y los comenzaron a llevar a un lugar desconocido, aparentemente cerca de Mengus.
Tras un día de marcha llegaron cerca de la costa, a una vieja casona. Algunos de los prisioneros la reconocieron, pues respecto a ella habían numerosas leyendas: todas ellas negativas.
Gorlok intento comprar su libertad prometiendo más dinero del que le habían ofrecido a lo mercenarios, pero estos no le creyeron; Lázaro dulcificó sus palabras, pero tampoco consiguió información, ya que el brujo había sido muy artero en el combate, y los forajidos sabían que podia ahora serlo en el dialogo.
Una vez dentro de la mansión, fueron llevados a una parte trasera, donde con los ojos vendados comenzaron a ser arreados a una zona posterior del lugar.
Una vez ahí, fueron apresados y encarcelados.

El lugar donde los tenían prisioneros era una zona de pequeñas celdas blancas, con un olor a podredumbre asqueroso. Algunas manchas de sangre decoraban en lugar, pero lo peor del escenario no era el lugar, sino el carcelero, que no tardo en mostrarse.
Un ser deforme, con rostro desquiciado y sin ningún rasgo de cordura, que habitualmente se aparecía para darles alimento, pero que más frecuentemente aparecía para sistemáticamente golpearlos y demolerlos anímica y físicamente.
Tras algunos días – u horas, o meses – en este estado, el grupo ideo un plan: exhibir como aquel castigo era algo positivo, para intentar engañar al carcelero.
Mientras desarrollaban el plan, la dicha con la que los orcos recibían el castigo hizo que el torturador entrara en frenesí, perdiendo lo sistemático de su castigar y demoliendo a Grumush. El vínculo existente entre los miembros del grupo hizo que también ellos perdieran la conciencia…
Cuando el orco despertó, se encontraba en una mesa, atado. Una gran luz arriba de el daba la impresión de que fuera algo quirúrgico, pero a la llegada de un hombre bien vestido y con un delantal impecable, la situación se volvió carnicera.
Corto sorpresivamente con un chuchillo parte del flanco del orco murmurando “no te lo esperabas”, pero examinando el corte el hombre no se mostró satisfecho, y decidió tirar el cuerpo a los perros; llevado nuevamente como ganado, Grumush fue arrojado a una jauría de perros-bestia. Dichas criaturas se abalanzaron sobre él, pero el orco se escondió en las propias jaulas de los perros, y al ver el torturador que los animales no podrían devorarlo ahí dentro, entró y lo llevó de nuevo a su celda.
Mientras esto transcurría, el grupo sentía el dolor del orco por medio de ese vínculo. Cuando llego, todos se encontraban débiles.
Luego de que pasara algún tiempo, ocurrió algo inesperado: en lugar de llegar la criatura que el grupo había denominado “el Pudge”, apareció un paladín de Nirvana, quien persignándose y orando por los prisioneros, les comunico que serían entregados a la Iglesia para ser juzgados y castigados. Tras él, sin embargo, venía el torturador con las llaves.
Siguiendo las indicaciones del caballero, fueron liberados y llevados abajo, pero cuando era el turno de León de ser sacado de su celda, este le arrebató el arma al guerrero de la luz y comenzó a huir. Lázaro, aprovechando el momento, atacó al Pudge y lo dominó mentalmente, hecho que hizo enloquecer al monstruo y atacar a quien tenía a su lado: nada menos que el caballero.
En el caos y aun débiles, el grupo comenzó a subir las escaleras para salir del calabozo, pero en el pasillo estaba la cuadrilla del paladín que había entrado. Tras un breve dialogo, los clérigos fueron (engañados por el grupo) a ver qué había ocurrido con su líder, mientras que el grupo depuso sus armas y se arrojo al piso… hasta que quedaron solo dos de los paladines.
Ahí fue cuando se pusieron de pie y atacaron a sus liberadores, los que sucumbieron ante la superioridad numérica: uno de ellos resulto muerto, mientras que el otro cayó derrotado, y fue mutilado en el piso por Lázaro.
Huyendo, el grupo corrió por los pasadizos de la casona, pero sorpresivamente encontró al hombre de traje, que descubrieron que era el mayordomo del lugar. Él les condujo a la salida, pues – según explicó – su libertad había sido comprada por la gente de Nirvana.
Ya en la puerta, cuando todos hubieron salido, Grumush se retrasó y de forma abrupta golpeo al hombre mientras le decía “No te lo esperabas”, parafraseando lo que dijera su adversario cuando se encontraba atado en aquella mesa.
Aun pese a la fuerza del golpe, el mayordomo no cayó, sino que le respondió “tú tampoco te esperabas esto”, e intento dominar al orco mentalmente. “VEN” le dijo, pero el orco se resistió al embrujo.
Al ver el fracaso de su ataque y que su antiguo cautivo se escapaba, el mayordomo se vaporizo y materializo en la puerta de la casona, y les dijo al grupo que no los dejaría marchar a menos que abandonaran a Grumush. Todos parecieron aceptar, pero cuando León iba pasando, ataco también por la espalda al ya revelado vampiro, y compro algunos segundos para que el orco escapara.
Huyendo el grupo de la casona, el vampiro percibió como el sol estaba por salir y volvió a su morada, a planear una venganza terrible contra el grupo. Por su parte, el grupo se alejo aliviado de irse de ese lugar de tormentos, pensando en que ahora ya definitivamente deberían permanecer unidos, y que para ello era fundamental encontrar un lugar donde vivir. Una guarida.


