Encaminados por Arne Friedrich, el Círculo, los guardias de la Torre Verde y el joven Vaio siguieron su camino rumbo a Alsacia. El reino del que provenía el Paladín estaba a días de viaje desde la bifurcación del Maruto y el Meandro, y sabían que tarde o temprano deberían cruzar las aguas de alguno de esos dos poderosos canales.
Lo más sensato parecía ser intentar cruzar cerca del puerto de Tendril, ya que al tratarse de una comitiva de más de una docena de personas, la idea de hacerlo a nado era un riesgo tremendo. Al poco rato de deliberar, decidieron que debían cruzar en un barco; el problema era cómo se harían de uno.

Ya en el puerto pudieron sentir la tensión del ambiente. Tendril era una ciudad bajo ocupación enemiga, y por tanto el clima que gobernaba la ciudad era bastante hostil. Toques de queda por la noche, frecuentes rondas de guardias armados y el silencio y sigilo de la gente al conducirse hasta en las tareas más cotidianas revelaba la presencia de un agresor en el mando de esa localidad. Si bien el almirante Nélson Astorga – jefe de la Marina del Imperio Narcés y quien tenía a cargo la administración de esa ciudad – era una persona civilizada y que, según se comentaba, seguía a Efasio sin un gran convencimiento. De todos modos la ocupación que había impuesto era indudablemente marcial.
El estado de pueblo se encontraba además fuertemente deteriorado ya que habían sido víctimas de corsarios quienes les habían robado el preciado grano que les restaba. Sin alimentos y bajo el jugo de una potencia extranjera, la moral estaba por el suelo.
Arne los llevó a una taberna que conocía, donde fueron atendidos por Raúl Fuentes, el posadero de dicho local. Ni aún la (mísera) comida caliente ni la cerveza que les sirvieron pudo aliviar la pesadumbre de estar en la primera barrera del enemigo, pero al menos les permitió tener un lugar seguro y donde poder sentirse en confianza. Hablaron tranquilamente, ya que el posadero tampoco se mostraba muy alegre con las tropas narcezas paseándose por su ciudad. Especialmente cuando el enemigo había dado su primer golpe al orgullo de Tendril: sus puentes.
La ciudad era conocida por sus bellas construcciones que cruzaban los ríos del lugar, e incluso habían construido uno tan largo que cruzaba el Meandro de lado a lado, recorriendo más de trescientos metros de vía fluvial y a una altura tal que aún permitía el paso de naves comerciales y militares bajo él. Esa hermosa edificación yacía ahora bajo la corriente, luego de ser víctima de los cañonazos enemigos.
- De todos modos traten de no hacer mucho ruido – les pidió el tabernero, ya que no quería que las guardias entraran y se dieran cuenta de que estaba acogiendo extranjeros.
El Círculo bajó el tono de la conversación, ya que no querían causarle problemas al dueño del local.
Mientras seguían conversando, el oído agudo de Gath captó de pronto un sonido en el exterior, y Ezreal cruzó una mirada con él, revelándole que también lo había oído.
Acelerado, el rastreador salió a ver que ocurría, e Invictus lo siguió de forma pseudo-automatizada. En la calle, un espectáculo lamentable los esperaba: una mujer, casas más allá, veía cómo tres soldados narceces se llevaban a una muchacha, aparentemente su hija, y pese a que ella intentaba evitarlo, la fuerza de los militares impedía toda resistencia. Sin pensarlo dos veces, Invictus se lanzó con su arma a confrontarlos e intimidarlos, pero los abusadores no huyeron, sino que desenvainaron también. Gath aprovechó ese momento para cubrir y escoltar a la mujer a un lugar más seguro, y dejó a Invictus la suerte de esos bandidos.
El músico les dio una paliza, los arrojó a un basural en las cercanías y los roció con el asqueroso ron que bebían segundos antes: habían recibido su merecido castigo.
La joven fue llevada a la posada, y la mujer, aún incrédula, los acompañó. La anciana les relató que la única posibilidad que vió para su hija, de salir de dicho nido de ratas, era entregándola a dicho repugnante grupo de marineros. Estaba convencida: “Los narceces ganarán la guerra y nosotros con dificultad superaremos el invierno”. El Círculo acababa de hacerse de un problema más que resolver: qué harían con la muchacha y su madre, las cuales no querían quedarse en la ciudad. Resolvieron que las llevarían a Alsacia, junto con los guardias de la Torre Verde, y tras oír la idea, Raúl se sintió tentado a ir con ellos. El grupo que debían escoltar acababa de aumentar – en tres – y la necesidad de una forma segura de cruzar también.
Pero súbitamente dos golpes en la puerta pusieron todo en silencio.
- ¡Raúl, abre! – dijo una voz seca detrás de la puerta
El tabernero se desfiguro por el miedo, ya que la orden que oía era la de un sargento haciendo su guardia, y si entraba posiblemente vería a los invitados que tenía. Le rogó a la gente que se escondiera, y cuando ya nadie estaba a la vista pudo abrirle a un impaciente soldado narcés, quien venía a informarle que a partir de ése momento se prohibía la venta de alcohol en la ciudad; los efectos de los destilados estaban alterando a la tropa, y el Almirante quería evitar eso.
Diversas reacciones provocó en el grupo tal información, ya que ratificaba la idea de que el Almirante era una persona razonable y no un maniático o un loco que deseaba conquistar todo a cualquier precio.
Pero la atención estaba puesta en conseguir una nave. Cho recordó una joven pirata que conocía, Mirta, y fue a visitarla. Escabulliéndose en la noche, consiguió llegar a la casa de la mujer, la cual encontró descerrajada y con claras muestras de una lucha. Usando sus aptitudes de rastreador, siguió las pistas que los captores de Mirta habían dejado, y logró dar con un lugar en el que probablemente se encontraba: una casa que los militares narceces habían habilitado como prisión.
- Si es la Mirta que conozco, de seguro el Almirante a cargo debe haber tenido razones para apresarla – pensó el Solar.
Volvió a la posada, y junto con Reik y los demás miembros del Círculo elaboraron un sencillo pero exitoso plan: se disfrazarían de militares con las ropas de los violadores que Invictus había castigado, y con la presencia imponente de Teppet exhortarían a que liberaran a Mirta. El único inconveniente fue lavar las ropas de dichos desafortunados marineros.
El plan se desarrolló a la perfección, y tras un par de horas, el Círculo había anexado otro miembro más a su ya crecida comitiva. Mirta les comunicó que conocía un capitán cuyo barco era ocupado por los imperiales, y que probablemente les ayudaría. Fueron a visitarlo y el marino se mostró gustoso en darles una mano. Al día siguiente se reunirían a eso de las siete de la tarde. El cómo harían salir el barco del puerto y cómo posteriormente cargarían a la gente, lo decidirían a la mañana siguiente, por lo que los solares y sus nuevos aliados se fueron a dormir.
Al despertar, Cho partió rumbo a los almacenes del puerto con una idea que la mañana le había regalado. Averiguaría qué barcos zarparían en la tarde de ese día, y averiguaría la forma de suplantarlo con el del capitán amigo de Mirta.
Una vez allá, el guardia marina que atendía le solicitó que esperara, puesto que para tener acceso a esa información debía consultarlo con su Jefe. Tras una larga espera, el hombre volvió y le pidió al Solar que se entrevistara personalmente con la persona a cargo. Cho, complicado con tal situación, convenció al hombre de que dejara pasar el encuentro que habían tenido y le dejara ver la información, a cambio de algunas monedas. El guardia aceptó, y se marchó.

En la soledad del almacén, el Rastreador alteró las partidas del libro que se encontraba ahí, sustituyendo uno de los barcos que saldría ese día por aquél al que tenían acceso. Confiado en que esa medida resultaría, volvió a la posada, y tras explicarles el plan a sus amigos, éste les pareció a todos adecuado.
El grupo partió así fuera de la ciudad a advertirles a los guardias de la Torre Verde – que esperaban a algunas millas – que abordarían una nave al atardecer. Gath en cambio se dirigió a la nave, para verificar que todo resultara bien. El cargamento de armas designado fue cargado varias horas antes del desembarco, siguiendo con el plan. Hasta este momento todo bien.
Pocos minutos antes del zarpe, el plan comenzó a fallar.
El puerto se alborotó, ya que el mismísimo Almirante Nélson estaba en él. Acercándose a paso seguro, se dirigió al barco donde se encontraba el Solar y ordenó pacíficamente detener la partida. Cho, escondido, intentó escabullirse para averiguar qué ocurría, pero el capitán del barco, tras un rápido intercambio de palabras con el almirante, delató su posición. El rastreador tuvo que lanzarse al agua para escapar. Tras una lluvia de virotes, muchas brazadas y sufriendo heridas de consideración, pudo alejarse del puerto de Tendril.
Jadeante tras llegar a la orilla, se sintió sumamente angustiado. Sabía que sus compañeros se encontraban en peligro, ya que el plan había sido descubierto; sus camaradas embarcarían confiadamente a un barco donde de seguro les esperaba una emboscada. Haciendo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban luego del nado, se internó en un bosque cercano y, extendiendo su ánima hasta el nivel más alto, envió una señal capaz de ser vista a millas de distancia, rogando porque fuera notada por los demás solares.
-Algo anda mal! El ánima de Cho´gath está encendida a su máxima intensidad- exclamó Ezreal. Invictus confirmó lo mismo, y junto con Reik, se dirigieron al lugar desde el cual provenía la advertencia.
Dieron con el Solar de la Casta de la Noche, y éste les relató la situación. Además, les reveló que su aguda vista le permitía ver que la misma nave que ellos supuestamente deberían abordar se dirigía actualmente río abajo, y que quizás aún podían tomarla.
El grupo preparó una emboscada, y mientras se encontraban al acecho, Gath pudo notar que millas más atrás de la nave que querían tomar, venía otra que normalmente sería invisible en aquellas oscuras horas. Además, la tripulación del primer barco había sido alterada, ahora mercenarios y un nuevo capitán, bastante más sobrio, la dirigían. Les advirtió de esto a los demás, pero los planes no se alteraron. Cuando la nave estuvo a la distancia correcta, fue abordada por Reik, Invictus y Arne Friedrich. Los mercenarios que la tripulaban huyeron despavoridos, y los exaltados del Sol Inconquistado salieron tras ellos dentro del barco. Arne, siguiendo el plan, estabilizaría el barco haciendo uso de sus poderes elementales del aire. Y de pronto, todo fue borrado por una enorme explosión…
Quienes estaban más lejos sintieron primero un destello gigantesco y luego, una onda de choque los lanzó de espaldas. Inmediatamente después, el rugido de la explosión y de la madera, metal y huesos destruyéndose en un instante, les llegó a sus oídos. Los gritos de dolor, el agua llena de sangre, el rió encendido en llamas y restos chamuscados de cuerpos conformaban una imagen dantesca que el grupo tardaría en olvidar. La nave fue borrada por completo y todos los humanos que habían en ella perecieron producto de la explosión. A pesar de esto, Reik e Invictus lograron sobrevivir gracias a sus especiales capacidades, y ambos pudieron darse cuenta que en el momento que precedió a la explosión, una figura había saltado del barco al río; probablemente, él había sido quien detonara todo el buque.
Pero la mayoría de los ojos, se centraron en Friedrich. El paladín estaba mutilado, pero el soplo de la vida aun no lo abandonaba. Cho e Invictus, desconocedores de las artes medicinales, intentaron hacer lo que mejor podían, mientras que Ezreal fue quien puso la cuota de expertise en la tarea. Cho se sentía culpable por lo ocurrido y esta enorme fuerza extraída de la responsabilidad de sus actos le permitió realizar una efectiva maniobra curativa. En pocos minutos el Campeón de Alsacia se encontraba algo mejor, y al menos su suerte ya no era una muerte segura.
Reik en cambio estaba apesadumbrado. Debatiéndose entre la idea de emboscar el segundo barco o no, finalmente opto por la inactividad. Derrotado, se reunió con los demás Solares y el grupo completo se alejo del lugar, fingiendo que habían muerto en la explosión.
Los siguientes días fueron de una amplia sensación de derrota; humillados, tuvieron que cruzar el río como perros. Una barcaza hacia más posible la operación, pero de todos modos la tarea tomo varios días. Amparados por la noche, cruzando en números reducidos y siendo sumamente cautos pudieron sortear los peligros del Maruto. El haber terminado resolviendo una situación tan difícil de un modo tan básico, luego de que el plan adecuado fallara, les provocaba una gran frustración.
Pero los días avanzaban, y ya del otro lado, la marcha a Alsacia era bastante más sencilla. Solo un evento marco el viaje: estando a días de llegar a su destino, el cielo en la noche se veía iluminado como si se tratara de una gran ciudad que había al frente.
De acuerdo con Arne y los soldados de la Torre, ninguna ciudad existía en esa zona, por lo que Cho e Invictus fueron a investigar. Tras adelantarse unas horas pudieron encontrarse con un campamento gigantesco del ejército Narcés: armado con catapultas, caballería, maquinaria de guerra y aproximadamente unos quince mil soldados, se veía invencible. Y Gath de pronto vio algo, que lo dejo perplejo…
Los exploradores volvieron y advirtieron al grupo de que debían rodear el campamento, por lo que la travesía se alargo un poco, pero finalmente llegaron a un lugar donde Friedrich- quien ya estaba más repuesto – desmonto y avanzo caminando.
- Bienvenidos a Alsacia – les dijo alegre y esperanzado a la comitiva con la que había viajado. Todos se sintieron contagiados por esa esperanza, y su primera meta en esta inmensa aventura la habían cumplido.







